Este imponente y lujoso hotel es puerta de entrada a Cusco, al Valle Sagrado y a Machu Picchu.
Las construcciones tienen alma. Y este hotel
sí que la tiene. Al entrar a este imponente lugar, desde el lobby es
inevitable sentir que se viaja en el tiempo y que uno se convierte en
testigo de primera fila de la magia y misticismo del Palacio del Inka,
uno de los lugares más emblemáticos de Cusco, en Perú.
Está ubicado en la casa del Marqués de Salas y
Valdés, patrimonio cultural de la nación y más conocida como la Casa de
los Cuatro Bustos. La construcción descansa en parte de lo que fue el
Templo del Sol o Qoricancha del desaparecido imperio inca, a cuatro
cuadras de la Plaza de Armas, donde convergen restaurantes, discotecas y
bares.
Un lugar de marcada importancia cultural y
religiosa para esta antigua civilización, pues allí realizaban
sacrificios y rituales. Es un monumento que condensa la tradición
cultural de Cusco, ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad
por la Unesco en 1983. Antes de convertirse en hotel fue un colegio y en
algún momento se llegó a pensar en destinarlo a un museo. Su riqueza
interior no dista mucho de eso.
Las habitaciones, que miden entre 25 y 75
metros cuadrados, tienen el lujo colonial de la época, que se aprecia
con fuerza en el patio y las habitaciones. Siglos atrás, la famosa casa
estuvo habitada por personajes de marcada jerarquía y prestancia social.
Antes del marqués de Salas y Valdés vivió allí Gonzalo Pizarro, hermano
del conquistador Francisco Pizarro, quien tomó posesión de este recinto
hacia 1533, con la llegada de los españoles. Pero fue el marqués quien
le hizo reformas y ordenó la construcción de esta casona en la que se
utilizaron los muros incas y arcos de piedra que marcaron una clara
diferencia con la arquitectura de la época.
Recorrerla es un deleite para los sentidos. En
la Casa de los Cuatro Bustos es inevitable mirar hacia el techo. Tiene
preciosos detalles pintados por artesanos que resaltan el legado
colonial. Cada rincón está salpicado de anécdotas, empezando por la
puerta principal en la que se destaca además de su estilo arcaizante, un
escudo nobiliario y los cuatro bustos: del marqués de Salas Valdés; de
Usenda Bazán, su esposa; de su primogénito, Fernando de Sala Valdés
Bazán, y su esposa, Leonor de Tordoya y Palomino.
Beatriz Medina, una de las empleadas más
antiguas –lleva 36 de los 38 de la historia de operaciones del hotel–
provoca las risas de los turistas cuando los invita a mirar con
detenimiento la cara de enfado de la suegra y la nuera, “prueba
infalible de su mutuo desagrado”, apunta.
Tras la independencia del Perú, en 1821, la
casona pasa a manos de empleados de la familia del marqués y tiempo
después las autoridades recuperaron la construcción para restaurarla.
En los años 70 la adquiere la cadena de
hoteles Libertador, que se encargó de su conservación, y por más de tres
décadas hizo parte de la colección de hoteles respaldados bajo su
marca. El Palacio del Inka se remodeló hace dos años con una inversión
cercana a los 15 millones de dólares para integrar el portafolio de la
marca The Luxury Collection de Starwood.
Sus apetecidos tesoros
Recuperar las 17 habitaciones de la Casona de
los Cuatro Bustos (entre suites, junior suites y la suite presidencial),
que es el eje del hotel, sin afectar su legado histórico, demuestra el
impecable trabajo de remodelación. Cada una de estas habitaciones tiene
nombres relacionados con la cosmovisión de los incas.
El bar Rumi, del Palacio del Inka, invita a
continuar este viaje en el tiempo y nos adentra todavía más en esta
poderosa civilización indígena. Parte de sus paredes son los muros de
piedra originales del imperio inca. Es un lugar acogedor que invita a
disfrutar en buena compañía de un pisco, la bebida típica del Perú.
Otra inolvidable experiencia sensorial se vive
en el restaurante Inti Raymi, con su rica propuesta gastronómica.
Platos de la cocina novoandina enriquecidos con productos autóctonos
como variedad de papa nativa, quinua, cordero y trucha son algunos de
los alimentos con los que podrá deleitarse bajo un cielo estrellado.
Lo colonial convive con la modernidad. Para
los huéspedes han acondicionado un spa, que es el lugar perfecto para
quienes ascienden el Machu Picchu porque allí, en medio de rituales
andinos y una piscina con chorros y cromoterapia, pueden mitigar el
cansancio y reponerse de la travesía de la demandante ruta del Inca, que
los llevará a conocer de cerca los encantos de esta milenaria cultura.
Pasar una noche en este palacio inca es una
experiencia inolvidable para los sentidos. Así que si alguna vez pasa
por Cusco o el Ombligo del Mundo, como sus nativos lo llaman, no deje de
visitar este mágico lugar, cargado de la historia de dos mundos, el de
los incas y el Perú colonial.
El Tiempo

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